Lee el siguiente cuento y responde las
preguntas que aparecen debajo del mismo:
COSAS DE LA VIDA
I
Cayó la noche y
el cielo siguió encapotado, amenazando lluvia. Soplaba un vientito que empujaba
cuanta cosa hallaba en su camino como pidiendo cancha. ¡Y a qué! Lo que hacía
era juntar hojas, briznas, basuras, para amontonarlas arremolinándolas, para
alzarlas en giros hasta muy alto y, desde allí, dejarlas caer en todas
direcciones... Y pararles rodeo otra vez, más adelante, y volverlas a alzar...
Parecía que estaba haciendo tiempo, esperando algo.
-Si cambia el
viento, vamos a tener agua -dijo un jinete al que llevaba trotando a su
costado.
-Me palpita que
aunque no cambie -respondió el otro haciendo saltar chispas a su yesquero para
encender el cigarro.
-No fumés, Juan
-volvió a hablar el primero. Y dando vuelta la cabeza, mandó a otro jinete que
los seguía como a dos cuerpos: -Che, tirá vos también. Ya estamos cerca.
-¡Dejate de
amolar!...
-¡Tire, canejo!
-bramó el de la orden con voz dura, medio queriendo tornar su caballo y alzando
el rebenque.
-¡Está bien,
José María! -exclamó el aludido arrojando el pucho y acercándose-. También vos
- agregó después -, te calentás por...
-Es que estamos
muy cerca, viejo, y una macana de estas nos puede costar caro - respondió, ya
sereno, José María.
-Sí, pero
también vos...
-Bueno, ¿y qué?
¿Ahora querés pelear? -preguntó aquél, riéndose.
El ofendido
también se rió. Después, dijo:
-¡Pucha, vos
sos locazo!
Envueltos en la
oscuridad siguieron trotando.
El nombrado
José María era un hombre joven, más bien alto que bajo, de cara huesosa y
labios finos donde se agarraba a gatas un bigote de coya. El otro, tirando a
indio, era flaco y largo. De no ser por los estribos, sus pies, en el caballito
criollo, no andarían lejos del suelo. Y el que iba detrás, viejo como de
sesenta años ya, cruzada la cara por un tajo que le debió de haber rayado las
muelas, era bajo y delgado...
-Bueno, vamos a
entrar por aquí - resolvió José María deteniendo su caballo frente a una
tranquera que abrió sin desmontar.
Pasaron, la
dejaron abierta adrede y, en vez de tomar por el camino que de allí salía hasta
unas poblaciones de las que los relámpagos empezaban a dejar ver el bulto,
desviaron hacia unos ombúes. Al llegar a ellos, se apearon. Atados los
caballos, esperaron con los ojos fijos en las casas. Reinaba profunda
tranquilidad. Como el viento había calmado, hasta las hojas estaban quietas...
Hacía rato que aguardaban, cuando una sombra se separó de la gran sombra de la
Estancia, derecho a los ombúes.
Un hombre alto,
era. Se acercaba cojeando. Al llegar, cuchicheó.
-Buenas,
¿vamos?
-¿Cuántos hay?
-Están los dos,
no más. El patrón y los otros dos piones era verdá que se habían ido con la
tropa.
-¿Y los perros?
-Apilaos. No
ladró ninguno.
-Está bien...
Bueno, vamos.
Y salieron los
tres siguiendo al rengo que, cada vez más por lo bajo, íbales haciendo
recomendaciones.
Entraron por un
galpón. Al llegar frente al cuarto de los peones, ya estaba todo dispuesto en
buena forma. José María y el rengo cargarían al más fuerte; Juan, al otro, que
era casi un gurí. José María abrió un poco la puerta, puso el oído para
orientarse... Después retiró la cabeza y, sin hablar, hizo señas. El muchacho
dormía contra la pared, su compañero, en el medio del cuarto. Había
desaparecido el rengo. Volvió de la cocina con una candileja que entregó al
viejo. Como de otro lado no había peligro, la encendieron, no más y, un
instante después, desenvainadas las dagas, todos irrumpieron en el cuarto
súbitamente iluminado por la luz que el viejo llevaba en la mano alzada.
En ese momento,
un tremendo trueno estremeció la tierra.
II
Amelia no podía
dormir. Nunca se había quedado sola desde que se casó, ya hacía casi un año.
Siempre que su marido salía de viaje, alguna de sus hermanas venía a
acompañarla; cuando no Eulogio, su hermano, o su mismo tata. Pero como se
hallaban tan atareados con la faena de cerdos, había pensado que era mejor ir
ella a la casa de su padre hasta que volviera el esposo, cuya ausencia no sería
menor de dos semanas. Los Echebarne, que estaban en el pueblo y que al otro día
regresaban, le enviarían el coche para salir en la misma tarde, ya que a
caballo le era imposible porque la pobre andaba muy "pesada".
Ahora se
arrepentía de no haber mandado buscar aunque fuera a una de las Banegas para
acompañarla esa noche que iba a pasar solita. Ella, por no incomodar... Y como
los dos peones que quedaban eran de tanta confianza... ¡Pero hubiera sido
mejor! Se sentía bastante fatigada; el golpazo que se llevó al entrar al
dormitorio le había hecho daño y tenía mal el cuerpo. Además, el cuarto le
parecía tan extraño al encontrarse sola, la cama le parecía tan inmensa al
moverse y no hallar el cuerpo de su compañero... Tuvo ganas de encender luz y,
aunque más no fuera, ponerse a terminar los escarpincitos blancos; pero este
deseo se fue apagando al traer la idea del niño que ya estaba tan cerquita y la
de su marido, tan bueno, que trabajaba tanto para que no les faltase nada a
ella y al hijo que ella le iba a dar...
-¡Dónde estará
con este frío! -pensaba-. Al raso, rondando' el ganado, ¡y el caprichoso no
quiso ponerse camiseta de lana! ¡Qué hombre, Dios mío!
Un trueno
pareció agarrar toda la casa y sacudirla. La aldaba de la ventana, demasiado
floja, se bajó con la conmoción; y la hoja fue empujada con fuerza contra la
pared. Unas gotas salpicaron de frío la cara de Amelia. Temblando cerró la
ventana como pudo. Después, volvió a la cama y se sentó con el corazón que se
le salía por la boca...
Y en eso
escuchó un grito de angustia, un grito como el de quien se siente perdido y, no
teniendo en qué agarrarse, así se prende todavía de la vida.
Toda su carne
se estremeció. Inconscientemente, corrió a la puerta que daba al patio. Apoyó
en ella sus espaldas.
-¡Santa María!
¡Santa María! ¡Santa María! - se puso a implorar casi sin voz.
De ahí no
pasaba, pero ella no se daba cuenta. Sus ojos dilatados por el miedo veían a la
santa; y en su imaginación mirábase a sus pies, besándoselos e implorándole
auxilio.
¿A qué más?
-¡Santa María!
- resonaba apenas, tembloroso, en la oscuridad del cuarto-. ¡Santa María! - se
mezclaba con el zumbido del viento que, ahora sí, soplaba fuerte-. ¡Santa
María! - subía cada vez más alto y desgarrante en medio del chicotear del agua
caída a baldes...
Un espanto
nuevo le saltó al alma como yaguareté.
-¡Santa María
queridita! -rugió entonces, fuera de sí.
Ya no era sólo
el miedo. Un dolor hondo, terrible, le empezó a arañar el vientre como
tirándole hacia abajo las entrañas.
Se calló un
poco, fatigada. La boca no le daba abasto para respirar. Se ahogaba y una...
Y soltó un
grito áspero, de esos que son más grandes que uno, cuando oyó:
-Aquí es -
cuchicheado por alguien, afuera.
Un cuerpo se
echó a plomo sobre la puerta. Las maderas crujieron, pero aguantaron.
-¡Vamos!
Ya no fue un
cuerpo, fueron varios los que, empujando, hicieron temblar hasta la pared. Y la
aldaba, con clavo y todo, saltó.
-Alce la luz,
viejo.
-Sí, a ver,
dame el candil.
En el silencio,
dos o tres cuchillos ganaron las vainas, y José María se inclinó sobre Amelia,
tirada de espaldas en el suelo. En camisa, se veían sus piernas hasta la
rodilla y parte del pecho de abultados senos.
-¡Preñadaza!
-observó.
Dio dos pasos
atrás y se puso a mirarla.
-¿A ver? ¿A
ver?
Todos quisieron
observar bien.
Afuera,
el cielo parecía enloquecido. Víboras de fuego
mordían el nuberío como para abrirse paso huyendo de los truenos que las traían
cerquita.
En el grupo de
los tres agachados que miraban se estiró un brazo sucio de sangre, el del
rengo, para levantar con insolencia la camisa de la caída. Pero el brazo
nervudo de José María, también manchado de sangre, llegó primero a la cabeza
del bárbaro, que cayó patas arriba.
-¡Hijo'e mil! -
gritó el castigador tirándosele encima.
Los otros dos
lo sujetaron. Y después, mientras los demás, en el rincón donde se había podido
parar el rengo se inmovilizaban, José María siguió con los ojos fijos en el
bulto misterioso donde esperaba una vida.
Se había
quedado mudo, sin pensar en nada concreto, llena la mente de ideas confusas,
pendiente de aquel vientre hinchado que estremecían los suspiros. Estaba como
en un sueño, un sueño extraño, un sueño que no tenía más imágenes que sonidos,
palabras cortadas...
Un gemido se
escapó de los labios crispados de la muchacha.
-¡Bueno, hay
que volverle el sentido! -intervino el viejo-. Esto no puede continuar ansina.
Vamos a ponerle aunque sea un trapo con agua.
-Sí, sí. Un
trapo con agua... - aprobó, sin moverse, José María.
Un relámpago
iluminó vivamente y, en seguida, estalló el trueno.
El viejo agarró
la toalla pendiente del lavatorio y la metió en la palangana. Al torcerla se
miró instintivamente al espejo. Se volvió a mirar, pegándose casi al vidrio.
-¡Pucha que
había tenido uñas largas, el finao! - exclamó viendo que manaba sangre de dos
hondos rasguños en la frente. Y se inclinó sobre Amelia.
Se le ocurrió
entonces una idea. Haciendo como que ya la tenía pensada, se incorporó con la
toalla en la mano.
-¡A ver,
ponganlán en la cama, pues! ¿No ven que hay que ponerla en la cama?
José María,
pasándole un brazo por la espalda y el otro por las corvas, alzó a Amelia, que
lanzó un quejido.
Un líquido
viscoso le mojaba los muslos.
-A ver, traigan
p'aquí la palangana -volvió a doctorear el viejo-. La toalla tiene qu'estar
siempre bien fresquita. Ahora va a ver cómo se mejora... ¿No ve? ... ¿No ve,
amiga?...
Los otros tres,
arrimados también al lecho, buscaban en el rostro de la desgraciada señales de
mejoría.
La joven empezó
a gemir. Y sus manos se abrieron sobre el vientre como si desde la sombra de su
desmayo quisiera proteger a su hijo.
-Vayansén
ustedes a dar una vuelta, no sea cosa que nos sorprendan - ordenó José María
saliendo de su ensimismamiento.
Apurándose por
la lluvia, obedecieron. En medio del patio ya, los alcanzó para agregarles:
-Vean cómo
están los caballos. Y vos, rengo, lleva ensillado el tuyo.
Parecía que
tenía hambre la oscuridad. Luz que caía se la tragaba. Y el trueno que venía
atrás rezongaba en vano y rodaba por el cielo, buscándola...
José María
volvió a entrar en el cuarto, que se llenaba de ayes.
-¡Así no,
viejo, así no! -protestó al ver que de la cara de Amelia chorreaba agua hasta
los hombros, empapando la almohada.
-¡Me vas a
decir vos a mí!
-¡No, dejelá!
¡No ve que ya le viene la mente!
Era verdad. Con
ojos extraviados, con mirada que se quedaba al ladito de ella, no más, Amelia
se fijaba en aquellos dos desconocidos. Ya de lo sucedido no se acordaba. Ni el
grito de agonía, ni el "Aquí es" condenador, ni el sacudón de la
puerta le llamaban a la memoria. Sólo se daba cuenta de que en el cuarto
estaban dos seres extraños, entrados quién sabe cómo, y de esto no pasaba
porque ya sentía adentro desgajársele el hijo.
Como repelidos
por una mano dura, los dos hombres retrocedieron.
La luz floja
del candil posado sobre el lavatorio temblaba mirándose en el espejo, y de ahí
retrocedía y caía sobre la cama ofreciendo a la madre su escaso calor. Esta,
abiertas las piernas, haciendo fuerza, se arrollaba toda, de repente, apretando
los ojos acobardada por el dolor, y volvía a abrirse, guapeando y estrujando
las sábanas entre sus dedos como garras. Unas veces se alzaba quedando solo
sostenida por los codos y los pies. Otras, dejábase caer desfallecida. Pero un
nuevo dolor la levantaba en peso.
Pasaba el
tiempo. Los relámpagos y los truenos se empujaban unos con otros. Desde el
rincón que solo iluminaba, intermitentemente, la luz del cielo, los dos hombres
parecían tener pegados los ojos, de tan fijos. En la mente de José María
cruzaban viejos recuerdos cortados a cada momento por los quejidos que lo
volvían a la realidad.
-¡Guacho!
¡Guacho en la estancia!... -pensaba. - Guacho... y déle lazo por cualquier
cosa... - volvía a decirse como disculpándose con alguien...
Dióse vuelta al
oír un susurro. El viejo, con los ojos clavados en el techo, rezaba.
* * *
Las ropas de la
cama chupaban sangre, ya. Los gemidos y los esfuerzos redoblaban. El sudor se
mezclaba con las lágrimas en la cara crispada de la mujer. Una palidez que
tenía algo del amarillo de la luna le aparecía por momentos.
En una, como
pudo, Amelia empezó a agarrar a su hijo y a ayudarse un poco, así...
Al rato,
cortando el rezo, el viejo saltó de su rincón.
-¡Se ha
desmayao!
-¡Sí!
Mirá... ¡Mujer!
El viejo, con
la voz más dulce que pudo, y acercándose miedoso de tocar el cuerpito todavía
entre las piernas de la madre, exclamó:
-Una moza más
p'al pago. Señorita, ¿cómo le va? ¿Eh? ¿Qué anda haciendo?
Entre los
fragores del cielo empezaron a oírse unos débiles vagidos.
-¡M'hijita! ¡M'hijita!
¡No tenga miedo! -seguía el viejo, con la mano irresoluta cerca de la carita
ensangrentada-. ¡No tenga miedo! ¡No ve que nosotros la queremos mucho y somos
muy...
Iba a decir
"muy buenos". Pero, de golpe, se detuvo. Y como si una mano helada,
puesta en su frente, le levantara la cabeza, se incorporó.
-¡Maulota!
¡Maulota! -dijo por decir algo, completamente abstraído.
-Bueno, vamos
-se oyó la voz de José María, que había recobrado de nuevo su dominio.
-Pero, ¿y a
esta alma'e Dios la dejamos así?
-¡Vamos! -tronó
otra vez la voz, ya desde la puerta.
El viejo,
agachando la cabeza, lo siguió.
Atravesaron el
patio, chapaleando.
-¿No ve que
ahora avisamos a algún vecino? - enteró José María con acento casi afectuoso.
-¡Ah! ¡Es
claro! Yo también pensaba eso -exclamó el otro, que no había pensado nada -,
porque si nadie viniera... vos ves que...
-¡Claro!
Llegados a los
ombúes, hallaron a sus compañeros que los esperaban con los caballos de la
rienda.
-Vos, rengo,
qu'estás mejor montao qu'éstos y no te conocen -dijo José María- cuando
lleguemos al bajo'e lo de Banegas te cortás y les decís que si puede venir
alguna en seguida, qu'ella está por salir de cuidao esta misma noche.
Y cerró
piernas.
Al llegar al
lugar indicado, José María recomendó:
-Nosotros
seguimos al trote. Vos, metele talón, cosa de que el día no
nos agarre afuera del monte.
III
Alto ya el
triste día sin sol, en lo más profundo del Arazatí mateaban los forajidos.
Reían, se hacían pullas pesadas con las cosas que vieron esa noche bromeaban
fuerte...
Pero, en el
fondo, ninguno estaba contento. Y nadie se acordó de la plata que fueron a
buscar a la casa de la parida.
Francisco Espínola
“Raza ciega y otros
cuentos”, 1926
1. ¿Cómo clasificarías el título de este
cuento? ¿Por qué?
2. ¿Cuáles son los sucesos que se
narran en este cuento? ¿Qué relación tienen con el título? Resúmelos
brevemente.
3. Entre los bandoleros que entran a
robar a la casa, se destaca la figura de José María. Señala los rasgos físicos
y morales que lo distinguen. ¿En qué se diferencia de Juan y el rengo?
4. El narrador sitúa la acción en
una noche tormentosa. ¿Qué relación tiene esto con los sucesos narrados? Señala
por lo menos dos referencias a la tormenta que aparezcan en el cuento y marca
su vinculación con los hechos del relato.
5. Ubica una personificación y una
comparación, y explica la función de cada uno de estos recursos dentro del
cuento.
6. En este cuento, al igual que en
“El hombre pálido”, Espínola aborda el tema del hombre frente al bien y al mal.
Según tu interpretación, ¿cuál de los dos triunfa? ¿Es positiva la visión del
hombre que tiene este autor? Fundamenta tu respuesta.