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Trabajo sobre el cuento "Canario Viejo" de Juan José Morosoli



Lee el siguiente cuento y responde las preguntas que aparecen debajo del mismo:
                   

CANARIO VIEJO

Cuando Toledo embarcó en “Las Palmas” traía “lo puesto”. -Llevás poco, le dijo el padre. Y él contestó: -Con menos me van a enterrar. Lo puesto y en el bolsillo del saco unas pesetas y un trozo de lino “sin pecar” que guardaba un poco de levadura.
-De esta levadura han comido todos los Toledos, le dijo la madre.
-Sí, dijo el padre, llevás con ella tierra y sudor del primer Toledo.
Bien sabía él esto. Cuando un hijo se casaba los padres le entregaban un poco de aquella masa. La novia traía luego una porción igual. El más viejo de la familia las unía juntando así la sangre y el sudor y la tierra de dos estirpes.

* * *
Aquí formó chacra, se casó, crió hijos y le nacieron nietos. La chacra fue punteándose de ranchos. Se agrandaban rastrojos, caminaban los arados mordiendo estancias. Los Toledos desbordaban los viejos límites paternos, invadiendo lentamente los campos vírgenes.
De la vieja levadura que cruzó el mar se desprendían trozos bautizando ranchos nuevos. Antes que las novias llegaban aquellos trozos. Luego venían ellas con el suyo para que Toledo viejo juntara los pedazos.
Era un casamiento que ejecutaba Toledo antes que el cura y el juez realizaran la ceremonia nupcial.
Toledo sentenciaba dirigiéndose al hijo o al nieto en trance de formar familia:
-Ahora ya tenés todo: novia, rancho y semilla de pan...

* * *
No trabajaba casi, ahora. Pero los ritos agrarios los realizaba él.
La primera arada, a veces unos pocos metros –“la cabeza de la melga”- la abría él. Siempre el día que moría Dios. Luego tiraba unas semillas el día de la resurrección, a las diez de la mañana, encomendando la siembra al resucitado.
Cuando él vuelva a la tierra ya se encuentra con ellas, decía...
Después se iban al rancho viejo -el primero que se levantó en el campo- y daban cuenta de lechones, patos y tortas “rellenas de cuanta cosa hay”.

* * *
Las familias iban agrandando aquella chacra enorme. Él solía subir por las escaleras rústicas de varejones tortuosos acostadas en los pajeros, a mirar los ranchos distantes que antes que la tierra empezaban a levantar humo en los amaneceres de otoño.
Tenía la cabeza blanca. Los mechones de cabello medio amarillos del humazo desbordaban la vincha de cinco dedos de ancho, derramándose hasta tocar los hombros.
-¡Parece mentira!- pensaba...- ¡Lo que sale de un solo hombre!...

* * *
Una mañana aparecieron el Juez de Paz y el Comisario. Toledo se asombró. Nunca habían llegado allí “las autoridades”. En sus ranchos nunca hubo muertes por desangre.
Saludaron los hombres.
Toledo estaba ceñudo, convencido que estaba asistiendo a un hecho capaz de cambiar vidas y destinos.
-No les mando dentrar -dijo- porque adentro está la familia...
Esperaba una revelación terrible como un rayo. Que le tocara a él nomás entonces.
-Queremos hablar con don Juan Pedro, dijo el Juez.
-Yo soy el padre, respondió Toledo.
-Sí... Sí. Pero Juan Pedro tiene cincuenta años, sonrió el Juez...
-Pero yo tengo más...
* * *
Cuando vino Juan Pedro le dieron la noticia terrible:
Tiene que mandar los hijos a la escuela... Es una ley...
-Nosotros, dijo Toledo viejo, no queremos saber escribir...
Es una ley...
Si no iban los irían a buscar con la policía. Todos los niños tenían que ir a la escuela.
Toledo viejo, abrumado por aquella orden, entró a los ranchos.

* * *
Ahora ya no gozaba de aquellos amaneceres con voces y silbidos de los nietos.
Solo tenían presencia en el campo despierto, los pájaros y las nieblas que se elevaban luego de los rocíos, como nubes muertas sobre la tierra caliente, llamadas por el sol, y los bueyes que iban saliendo de los pajeros tibios levantando ellos también vahos azules por los hocicos calientes.
Empezaban a salir de los ranchos los nietos con sus guardapolvos blancos y se llevaban la mañana con ellos.
Toledo no podía ver este éxodo de los niños y se arrimaba a “las casas”.

* * *
Todos los días compraban rollos de alambre de púa para atajar las boyadas ociosas. Antes las pastoreaban los niños en el borde mismo de los bancales de trigo.
Toledo sentado frente a los tartagales viajaba por la historia de todas las familias vecinas.
Todas sin excepción habían mandado sus hijos a la escuela. Todos habían visto deshacerse hábitos, costumbres.
A algunas se les iban los hijos al pueblo cansados de ser chacreros. Las muchachas se casaban con los mercachifles o los peluqueros de los almacenes.
Chacra donde entra la escuela se la lleva el diablo, sentenciaba.
Ni siquiera podía desahogarse con los hijos.
-Pero tata, decía Juan Pedro, dir a la escuela no es morirse...
El viejo salía otra vez. Caminaba. Ya no tenía el pierde-tiempo feliz del nieterío...

* * *
Aquella mañana vio una cosa que le asombró.
Por el trillo se acercaba la jardinera del panadero. Los caballos con arreos punteados de bronce reluciente, los cascabeles de los collares reventando flores de luz con el sol de la mañana, se acercaba despertando la chacra en silencio tras la partida de los niños.
-¿Y esto?, preguntó a Juan Pedro.
-Semos menos a trabajar... La mujer está cansada de amasar...
-Pero, dijo Toledo, ¿vas a dejar morir la levadura?
Juan Pedro no pareció entender.
-Y... respondió, cuando queremos amasar se la compramos al hombre...
A los pocos días deshicieron el horno.

* * *

Toledo empezó a andar como perdido. A veces llegaba a almorzar cuando los otros terminaban. No conversaba casi. Fumaba y fumaba alejado de las casas, recostado a los pajeros distantes.
-Se nos va a morir de cismar, dijo Juan Pedro.

* * *
Y de cismar se murió.

Juan José Morosoli
“El viaje hacia el mar”, 1962


1. Clasifica el título del texto y justifica tu elección. Investiga sobre el término "Canario" y cómo es utilizado en nuestros días.
2. ¿Cuál es el tema de esta narración?
3. ¿Cuál es el conflicto de esta historia?
4. ¿Qué significado e importancia tiene la levadura para el personaje central?
¿Por qué el cuento comienza con la entrega de la levadura a Canario Viejo y termina cuando se deja de amasar el pan en la chacra?
5. Investiga en qué período de la historia de nuestro país la escuela se hizo obligatoria. ¿Qué reacciones despertó en algunos sectores de la población dicha imposición?
6. Analiza el personaje de Toledo haciendo especial hincapié en el rechazo a lo nuevo y su adhesión a la tradición.
7. ¿Por qué muere el protagonista?
8. Ubica una metáfora, un polisíndeton y una personificación, y explica la función de cada uno de estos recursos dentro de la narración.


SOLEDAD



Domínguez llegaba recién de las lagunas cortadas, con la ración para el caballo. Era su única tarea. Iba allá todos los días a recoger gramilla de superficie, y hojas de parietaria de los troncos podridos de los sauces, para darle a su viejo caballo. Era este un animal sin dientes, bichoco y con los ojos opacos de nubes lechosas. Pero era también la única cosa viva que tenía Domínguez, para ocuparse de algo en la vida. Después de alimentarse él, no tenía nada, absolutamente nada de qué ocuparse. Estas hierbas que Domínguez traía a su caballo, eran el único alimento que el pobre animal podía comer. Enflaquecía a ojos vistas y era seguro que no salvaría con vida el invierno que comenzaba.
Ahora que había terminado con la tarea de racionar el caballo, Domínguez acercó la silla petisa, de asiento de cuero de vaca, hasta las tunas, se sentó y empezó el mate dulce. Era el desayuno.
Pero no tenía azúcar. Hacía dos días que desayunaba, almorzaba y cenaba con mate dulce y el azúcar se había terminado.
Pensó si iría a lo de un sobrino que tenía del otro lado del pueblo a procurarse algún alimento.
No tenía deseos de ir, porque el sobrino, junto con algún trozo de carne, gustaba darle consejos. Siempre le decía que parecía mentira que siendo tan viejo no hubiera aprendido a vivir. Y Domínguez se tenía “que olvidar sus canas y sujetarse las manos para que no se le estrellaran en los cachetes del mocoso”.
Sí. No deseaba ir. Pero dos días sin comer ablandan el cogote... Tal vez podía pedir fiado en el boliche nuevo. Pero a lo mejor el bolichero nuevo estaba avisado por los bolicheros viejos... a los que Domínguez tenía “marcados y contramarcados”. Y no es que fuera mal pagador. Lo que pasaba es que la pensión era muy chica. Y que cuando él cobraba se olvidaba que debía y se iba a comprar al centro con la plata en la mano.
Además por tres o cuatro días le gustaba ver vino, queso y dulce en la mesa.
Fue entonces que oyó el tambor y el clarín del circo. Un payaso jinete en un elefante andaba por las calles anunciando la función de la noche. Recordó enseguida que el hijo menor de Umpiérrez había pasado por allí, arrastrando una bolsa de gatos -una gata parida con seis gatitos- camino del circo.
-¿Qué herejías le andas haciendo a esos bichos? -le preguntó.
-Los llevo al circo... Compran gatos, perros y caballos, para darle de comer a las fieras...
Domínguez miró al fondo del terreno donde estaba el caballo viejo.
Que el animal estaba cerca del fin no había duda...
Habrá que enterrarlo, pensó. Sacarlo de allí en una rastra... Pagar por ese trabajo... La policía siempre aparecía en esos casos... El rancho estaba en la “planta urbana”... Un caballo muerto es un problema bárbaro... Si no estuviera en la planta urbana se muere y se lo comen los cuervos... Pero... Lo volvió a mirar y lo hallaba cada vez más flaco...
Se paró con la yerba del mate sin mojar todavía. Se acercó al animal. Sobre los ojos tenía dos pozos como dos nueces... En el hocico empezaba a prosperar una granazón como una eczema fina y supurante. De noche tosía como un hombre... Algunos días ni las yerbas de la laguna comía... Pensándolo bien, con matarlo se le hacía un favor... Porque era evidente que se estaba muriendo en pie...

Pero morirse porque a uno le llegó la hora, o porque quién sabe quién lo ordena, es una cosa, y que a uno lo maten para darle de comer a los bichos que hacen prueba, es otra cosa...
Está bien.
* * *

El caballo viene hacia él. Siempre hace así. Se queda al lado hasta que él se vuelve hacia el rancho y entonces lo va empujando cariñosamente con la cabeza calzada en sus espaldas...
Es lo que hace ahora.
* * *

De tardecita salió. Ya había resuelto todo.
La resolución era esta: irse al boliche nuevo a pedir fiado. Si el hombre le fiaba, bien. Si no, iría al circo. ¿Qué iba a hacer?
-Bueno -le dijo al bolichero- yo soy Domínguez, el que vive en el rancho aquel... Soy pensionista pero todavía no vino el pago... necesito gastar dos o tres pesos...
Y agregó solemne:
-Si quiere saber cómo cumplo mis compromisos, pregunte en los otros boliches... Cuido más mi nombre que mi ropa... Y tengo fama de aseao...
Sonrió y esperó la respuesta.
Pero el otro también era especial. Le dijo lo siguiente:
-Mire, señor Domínguez, siento mucho no poderle fiar, porque usted se ve que es bueno, derecho, y porque es pensionista además... a mí la gente pensionista, me gusta mucho. Pero mi capital son cien pesos... Cuando tenga más capital venga nomás... ¿oyó?
Se dio vuelta y se fue.
-Si algún día tengo plata, -se dijo- lo que es a este no le compro nada... Se ve que es un desconfiado número uno...
* * *

Entre aquel olor a pasto, orines y carne podrida estaban las jaulas.
Él iba por el corredor a oscuras. Las jaulas estaban a los lados. Se sentían movimientos y quejidos y ronquidos, pero no se veía nada. Solo cuando se paró a hablar con el hombre vio ocho o diez puntos azules, como botones con luz, que sin duda serían los ojos de los leones o de los tigres.
-Vengo a vender un caballo. Medio grande -dijo.
-¿Gordo?
-No. Viejo... Caballo viejo gordo no hay... Pero es un caballo sano...
-Ocho pesos -contestó el otro. Domínguez preguntó:
-Dígame una cosa: ¿cuánto vale un cuero?
-¿Usted viene a vender un cuero o un caballo?
-Un caballo.
-Bueno, si quiere lo trae sin cuero... Y ocho pesos... Y hoy, tiene que ser hoy... Pasado mañana nos vamos...
-¿Ustedes lo van a buscar?
-No, lo trae usted, hoy. Pasado mañana nos vamos.

* * *

Lo trajo. Venían despacio. Muy despacio. Casi nadie se daba cuenta de que caminaban. Iban en la oscuridad como otra oscuridad que caminaba.
El caballo le había calzado la cabeza en la espalda, como empujándolo, pero sin duda para no perderse...
Domínguez sentía la cabeza en la espalda como un dolor que le llegaba del caballo.
Entró. Los bichos parecieron enloquecerse. Sabían que aquello era la comida.
Lo entregó allí en el corredor lleno de olores ácidos y rugidos.
-¿Cómo lo matan? -preguntó.
-Con eso.
El hombre, con una pequeña linterna señaló un marrón enorme lleno de sangre y pelos.
-¿Ahora?
-Sí, antes de la función. Los leones son viejos... Matamos el caballo delante de ellos y no les damos de comer... Cuando entran al circo parecen leones jóvenes.
Le dio los ocho pesos.
Domínguez empezó a caminar por el corredor a oscuras como borracho.

* * *

Salió a la noche. Estaba enfermo. Con náuseas.
Entró en el primer boliche, tomó dos o tres cañas y después rumbeó hacia el mercado. Al fin llegó al rancho.
En medio de la noche sentía los ecos de la banda. Después los rugidos y los aplausos y música otra vez. En el cielo la estrella de luces del circo se levantaba como un barco detenido.
Era muy tarde. Ahora ya no sentía nada ni estaba la estrella de luces. La noche se había vaciado de golpe y en ella quedaba solamente él, al lado de las tunas, con un fuego apagado y un asado que no había comido, esperando que amaneciera.
No fumaba, no pensaba, no estaba triste, no hacía nada más que estar en la noche, hasta que se dio cuenta que era una bobada esperar que amaneciera.
No tenía nada que hacer. Ni traer pasto de la laguna.
Ya nunca, nunca, lo que se dice nunca, tendría más nada que hacer.
Nada. Nada.
Entonces se puso a llorar.



JUAN JOSÉ MOROSOLI