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EL HOMBRE PÁLIDO


I
Todo el día estuvo toldado el sol, y las nubes, negruzcas, inmóviles en el cielo,  parecían apretar el aire, haciéndolo pesado, bochornoso, cansador.
A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos, aquellas aflojaron y el agua empezó a caer con rabia, con furia casi; como si le dieran asco las cosas feas del mundo y quisiera borrarlo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos.
Cada bicho escapó a su cueva. La hacienda, no teniendo ni eso, daba el anca al viento y buscaba refugio debajo de algún árbol, en cuyas ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de paja y de pluma.
En el rancho de Tiburcio estaban solas Carmen, su mujer y Elvira, su hija. El capataz de tropa de don Clemente Farías, había marchado para “adentro” hacía una semana.
En la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro hacia el lado del camino. Se asomó la muchacha y vio a un hombre desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como trapo por el aguacero
-¡León! ¡León! ¡Fuera! Entre para acá- gritó Elvira.
-¿Quién es?- preguntó la vieja sin dejar de revolver la olla de mazamorra.
-No lo conozco.
La joven volvió al lado de su madre y quedó expectante.
-Buenas tardes.
Agachándose –la puerta era muy baja-, el hombre entró.
-Buenas. Siéntese. ¿Lo ha derrotado l`agua? Sáquese el poncho y arrimeló al fogón.
-Sí, es mejor. Aquí, no más.
El hombre colgó su poncho negro en un gran clavo cerca del fuego y sacudió el sombrero. Después se sentó en un banco.
-¿Viene de lejos? -curioseó la madre.
-De Belastiquí.
-¿Y va?
-Pa l’estancia’e Molina, en el Arroyo Grande. Pensaba llegar hoy a San José, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansadazo el caballo. Así que si me deja pasar la noche...
-Comodidá no tenemos... puede traer su recao y dormir aquí, en todo caso.
-¡Como no!... Estoy acostumbrao.
La muchacha, ahora acurrucada en un rincón, lo miraba de reojo. Y cuando oyó que iba a quedarse, sintió clarito en el pecho los golpes del corazón. Es que cada vez más le parecía que aquel hombre delgado y alto, de cara pálida en la que se enredaba una negrísima barba que la hacía más blanca, no tenía aspecto para tranquilizar a nadie...
La vieja le interrumpió sus pensamientos diciendo:
-A ver, aprontá un mate.
Y siguió revolviendo la mazamorra, mientras daba conversación al forastero, que acariciaba el perro y retiraba la mano cuando este rezongaba desconfiado de tanto mimo.
Elvira tiró la yerba vieja, puso nueva, le hizo absorber primero un poco de agua tibia para que se hinchara sin quemarse. En seguida, ofreció el mate al desconocido. Este la miró a los ojos y ella los bajó, trémula de susto. No sabía por qué. Muchas veces habían llegado así, de pronto, gente de otros pagos que dormían allí y al otro día se iban. Pero esa nochecita, con los ruidos de los truenos y la lluvia, con la soledad, con muchas cosas, tenía un tremendo miedo a aquel hombre de barba negra y cara pálida y ojos como chispas.
Se dio cuenta de que él la observaba. Los ojos encapotados, sorbiendo lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la muchacha...
¡Oh, sí!, había que cansar muchos caballos para encontrar otra tan linda. Brillante y negro el pelo, lo abría al medio una raya y caía por los hombros en dos trenzas largas y flexibles. Tenía unos labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia. La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como plumón, se aparecía por el escote y la dejaban también ver las mangas cortas del vestido. El pecho abultadito, lindo pecho de torcaza; las caderas ceñidas, firmes; las piernas que se adivinaban bien formadas bajo la pollera ligera; toda ella producía unas ansias extraña en quien la miraba, entreveradas ansias de caer de rodillas, de cazarla del pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola apenitas... ¡yo qué sé!, una mezcla de deseos bue-nos y malos que viboreaban en el alma como relámpagos entre la noche. Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan real, tan tristón, que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones...
Embebecido cada vez más en la contemplación, el hombre sólo al rato advirtió que la muchacha estaba asustada. Entonces, algo le pasó también a él. Su mano vacilaba ahora al tenerla para recibir o entregar el mate.
Elvira iba entre tanto poniendo la mesa. Luego, los tres se sentaron silenciosos a comer. Concluida la cena, mientras las mujeres fregaban, el hombre fue bajo la lluvia hasta la enramada, desensilló, llevó el recado a la cocina y se sentó a esperar que hicieran la lidia jugando con el perro, con León que, por una presa tirada al cenar, había perdido la desconfianza y estaba íntimo con el desconocido.
-¡Mesmo qu`el hombre!- pensó este. Y siguió mirando el fuego y, de reojo, a Elvira.
Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció para tornar con unas cobijas.
-Su poncho no se ha secao. Hasta mañana, si Dios quiere.
-Se agradece.
-¡Buenas noches!- deseó la muchacha cruzando ligero a su lado con la cabeza baja.
-Buenas.
Las dos mujeres abrieron la puerta que comunicaba con el otro cuarto, pasaron y la volvieron a cerrar. Al rato, se oyó el rumor de las camas al recibir los cuerpos, se apagó la luz... Todo fue envolviéndose en el ruido del agua que caía sin cesar.
El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas con el perro y sopló el candil.
El fogón, mal apagado, quedó brillando.

II

Un rato después se empezó a oír la respiración ruidosa y regular de la vieja. Pero en la cama de Elvira no había caído el descanso. Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba más fuerte. El corazón le golpeaba el pecho como alertándola para que algún peligro no la agarrara en el sueño, y su vista trataba en vano de atravesar las tinieblas... De cuando en cuando rezaba un Ave María que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier rumor, que la hacía sentar de un salto en la cama.
A eso de la media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina que daba al patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que el aire frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar a su madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos saltados y la boca abierta para juntar el aire que le faltaba, escuchó. No sintió nadita. Y aquel silencio, después de aquel ruido, la asustaba más aún. No sentía nadita, pero en su imaginación veía al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como anunciando ruina... y como para convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frío y percibía más claramente el ruido de la lluvia...
En efecto: el hombre, que se echó no más, sobre el recado, se había levantado, lo llevó
otra vez a la enramada y, después de ensillar, había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba en la frente. Por eso avanzaba con la cabeza gacha.
Otro hombre le salió al encuentro, el poncho y el sombrero hecho sopa. Era un negro.
-¿Están las mujeres solas?- preguntó ansioso.
Sombrío el otro respondió:
-Sí
-La plata tiene qu`estar en algún lao. Empecemos.
-No. No empezamos.
-¿Qué hay?
-Hay que yo no quiero.
-¿Qué no querés?
- Sí, que no quiero.
- ¿Pero estás loco?
-Peor pa mí si m`enloquecí. Pero ya te dije. Vamonós p`atrás.
-¿El qué?
-No hay qué que te valga. Como siempre, te acompaño cuando quieras; pero esta noche, no. Y aquí, menos.
-¡Hum! Si te salieran en luces malas los que has matao, te ciegaría la iluminación, y ahora te ha entrao por hacerte el angelito.
-Nadie habla aquí de bondá. Digo que no se me antoja y se acabó.
-Peor pa vos. Iré yo solo. ¡Que tanto amolar por dos mujeres!
-Es que vos tampoco vas a ir.
-¿Desde cuándo es mi tutor el que habla?
-Desde que tengo la tutora- bramó el interpelado tanteándose la daga.
-¡Ah! ¿Querés peliar? ¡Me lo hubieras dicho antes! Seguramente ya habrás hecho la cosa y quedrás la plata pa vos solo. Pero no te veo uñas, mi querido. Venite no más -y desenvainó su cuchillo.
-¡Callate, negro de los diablos!- rugió el otro yéndosele arriba.
A la luz de los relámpagos, entre los charcos, los dos hombres se tiraban a partir. El de la barba negra, medio recogido el poncho con la mano izquierda, fue haciendo un círculo para ponerse de espaldas a la lluvia. Comprendiendo el juego, el negro dio un salto. Pero se resbaló y se fue del lomo. El otro esperó a que se enderezara y lo atropelló. La daga, entrando de abajo a arriba, le abrió el vientre y se le hundió en el tórax.
-¡Jesús, mama!- exclamó el negro.
Fue lo único que dijo. La muerte le tapó la boca.
El otro, en las mismas ropas del difunto limpió su daga. Después enderezó chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al trotecito.
-¡Pucha que había sido cargoso el negro!- murmuraba- ¡Le decía que no, y él que sí, y yo que no, y dale! ¡Estaba emperrao!...
La lluvia, gruesa, helada, seguía cayendo.

FRANCISCO ESPÍNOLA

Trabajo sobre el cuento "Cosas de la vida" de Francisco Espínola


Lee el siguiente cuento y responde las preguntas que aparecen debajo del mismo:

COSAS DE LA VIDA

I

Cayó la noche y el cielo siguió encapotado, amenazando lluvia. Soplaba un vientito que empujaba cuanta cosa hallaba en su camino como pidiendo cancha. ¡Y a qué! Lo que hacía era juntar hojas, briznas, basuras, para amontonarlas arremolinándolas, para alzarlas en giros hasta muy alto y, desde allí, dejarlas caer en todas direcciones... Y pararles rodeo otra vez, más adelante, y volverlas a alzar... Parecía que estaba haciendo tiempo, esperando algo.
-Si cambia el viento, vamos a tener agua -dijo un jinete al que llevaba trotando a su costado.
-Me palpita que aunque no cambie -respondió el otro haciendo saltar chispas a su yesquero para encender el cigarro.
-No fumés, Juan -volvió a hablar el primero. Y dando vuelta la cabeza, mandó a otro jinete que los seguía como a dos cuerpos: -Che, tirá vos también. Ya estamos cerca.
-¡Dejate de amolar!...
-¡Tire, canejo! -bramó el de la orden con voz dura, medio queriendo tornar su caballo y alzando el rebenque.
-¡Está bien, José María! -exclamó el aludido arrojando el pucho y acercándose-. También vos - agregó después -, te calentás por...
-Es que estamos muy cerca, viejo, y una macana de estas nos puede costar caro - respondió, ya sereno, José María.
-Sí, pero también vos...
-Bueno, ¿y qué? ¿Ahora querés pelear? -preguntó aquél, riéndose.
El ofendido también se rió. Después, dijo:
-¡Pucha, vos sos locazo!
Envueltos en la oscuridad siguieron trotando.
El nombrado José María era un hombre joven, más bien alto que bajo, de cara huesosa y labios finos donde se agarraba a gatas un bigote de coya. El otro, tirando a indio, era flaco y largo. De no ser por los estribos, sus pies, en el caballito criollo, no andarían lejos del suelo. Y el que iba detrás, viejo como de sesenta años ya, cruzada la cara por un tajo que le debió de haber rayado las muelas, era bajo y delgado...
-Bueno, vamos a entrar por aquí - resolvió José María deteniendo su caballo frente a una tranquera que abrió sin desmontar.
Pasaron, la dejaron abierta adrede y, en vez de tomar por el camino que de allí salía hasta unas poblaciones de las que los relámpagos empezaban a dejar ver el bulto, desviaron hacia unos ombúes. Al llegar a ellos, se apearon. Atados los caballos, esperaron con los ojos fijos en las casas. Reinaba profunda tranquilidad. Como el viento había calmado, hasta las hojas estaban quietas... Hacía rato que aguardaban, cuando una sombra se separó de la gran sombra de la Estancia, derecho a los ombúes.
Un hombre alto, era. Se acercaba cojeando. Al llegar, cuchicheó.
-Buenas, ¿vamos? 
-¿Cuántos hay?
-Están los dos, no más. El patrón y los otros dos piones era verdá que se habían ido con la tropa.
-¿Y los perros?
-Apilaos. No ladró ninguno.
-Está bien... Bueno, vamos.
Y salieron los tres siguiendo al rengo que, cada vez más por lo bajo, íbales haciendo recomendaciones.
Entraron por un galpón. Al llegar frente al cuarto de los peones, ya estaba todo dispuesto en buena forma. José María y el rengo cargarían al más fuerte; Juan, al otro, que era casi un gurí. José María abrió un poco la puerta, puso el oído para orientarse... Después retiró la cabeza y, sin hablar, hizo señas. El muchacho dormía contra la pared, su compañero, en el medio del cuarto. Había desaparecido el rengo. Volvió de la cocina con una candileja que entregó al viejo. Como de otro lado no había peligro, la encendieron, no más y, un instante después, desenvainadas las dagas, todos irrumpieron en el cuarto súbitamente iluminado por la luz que el viejo llevaba en la mano alzada.
En ese momento, un tremendo trueno estremeció la tierra.

II

Amelia no podía dormir. Nunca se había quedado sola desde que se casó, ya hacía casi un año. Siempre que su marido salía de viaje, alguna de sus hermanas venía a acompañarla; cuando no Eulogio, su hermano, o su mismo tata. Pero como se hallaban tan atareados con la faena de cerdos, había pensado que era mejor ir ella a la casa de su padre hasta que volviera el esposo, cuya ausencia no sería menor de dos semanas. Los Echebarne, que estaban en el pueblo y que al otro día regresaban, le enviarían el coche para salir en la misma tarde, ya que a caballo le era imposible porque la pobre andaba muy "pesada".
Ahora se arrepentía de no haber mandado buscar aunque fuera a una de las Banegas para acompañarla esa noche que iba a pasar solita. Ella, por no incomodar... Y como los dos peones que quedaban eran de tanta confianza... ¡Pero hubiera sido mejor! Se sentía bastante fatigada; el golpazo que se llevó al entrar al dormitorio le había hecho daño y tenía mal el cuerpo. Además, el cuarto le parecía tan extraño al encontrarse sola, la cama le parecía tan inmensa al moverse y no hallar el cuerpo de su compañero... Tuvo ganas de encender luz y, aunque más no fuera, ponerse a terminar los escarpincitos blancos; pero este deseo se fue apagando al traer la idea del niño que ya estaba tan cerquita y la de su marido, tan bueno, que trabajaba tanto para que no les faltase nada a ella y al hijo que ella le iba a dar...
-¡Dónde estará con este frío! -pensaba-. Al raso, rondando' el ganado, ¡y el caprichoso no quiso ponerse camiseta de lana!  ¡Qué hombre, Dios mío!
Un trueno pareció agarrar toda la casa y sacudirla. La aldaba de la ventana, demasiado floja, se bajó con la conmoción; y la hoja fue empujada con fuerza contra la pared. Unas gotas salpicaron de frío la cara de Amelia. Temblando cerró la ventana como pudo. Después, volvió a la cama y se sentó con el corazón que se le salía por la boca...
Y en eso escuchó un grito de angustia, un grito como el de quien se siente perdido y, no teniendo en qué agarrarse, así se prende todavía de la vida.
Toda su carne se estremeció. Inconscientemente, corrió a la puerta que daba al patio. Apoyó en ella sus espaldas.
-¡Santa María! ¡Santa María! ¡Santa María! - se puso a implorar casi sin voz.
De ahí no pasaba, pero ella no se daba cuenta. Sus ojos dilatados por el miedo veían a la santa; y en su imaginación mirábase a sus pies, besándoselos e implorándole auxilio.
¿A qué más?
-¡Santa María! - resonaba apenas, tembloroso, en la oscuridad del cuarto-. ¡Santa María! - se mezclaba con el zumbido del viento que, ahora sí, soplaba fuerte-. ¡Santa María! - subía cada vez más alto y desgarrante en medio del chicotear del agua caída a baldes...
Un espanto nuevo le saltó al alma como yaguareté.
-¡Santa María queridita! -rugió entonces, fuera de sí.
Ya no era sólo el miedo. Un dolor hondo, terrible, le empezó a arañar el vientre como tirándole hacia abajo las entrañas.
Se calló un poco, fatigada. La boca no le daba abasto para respirar. Se ahogaba y una...
Y soltó un grito áspero, de esos que son más grandes que uno, cuando oyó:
-Aquí es - cuchicheado por alguien, afuera. 
Un cuerpo se echó a plomo sobre la puerta.  Las maderas crujieron, pero aguantaron.
-¡Vamos!
Ya no fue un cuerpo, fueron varios los que, empujando, hicieron temblar hasta la pared. Y la aldaba, con clavo y todo, saltó. 
-Alce la luz, viejo. 
-Sí, a ver, dame el candil.
En el silencio, dos o tres cuchillos ganaron las vainas, y José María se inclinó sobre Amelia, tirada de espaldas en el suelo. En camisa, se veían sus piernas hasta la rodilla y parte del pecho de abultados senos. 
-¡Preñadaza! -observó. 
Dio dos pasos atrás y se puso a mirarla. 
-¿A ver? ¿A ver? 
Todos quisieron observar bien. 
Afuera,  el  cielo  parecía  enloquecido.  Víboras  de fuego mordían el nuberío como para abrirse paso huyendo de los truenos que las traían cerquita.
En el grupo de los tres agachados que miraban se estiró un brazo sucio de sangre, el del rengo, para levantar con insolencia la camisa de la caída. Pero el brazo nervudo de José María, también manchado de sangre, llegó primero a la cabeza del bárbaro, que cayó patas arriba.
-¡Hijo'e mil! - gritó el castigador tirándosele encima.
Los otros dos lo sujetaron. Y después, mientras los demás, en el rincón donde se había podido parar el rengo se inmovilizaban, José María siguió con los ojos fijos en el bulto misterioso donde esperaba una vida. 
Se había quedado mudo, sin pensar en nada concreto, llena la mente de ideas confusas, pendiente de aquel vientre hinchado que estremecían los suspiros. Estaba como en un sueño, un sueño extraño, un sueño que no tenía más imágenes que sonidos, palabras cortadas...
Un gemido se escapó de los labios crispados de la muchacha.
-¡Bueno, hay que volverle el sentido! -intervino el viejo-. Esto no puede continuar ansina. Vamos a ponerle aunque sea un trapo con agua.
-Sí, sí. Un trapo con agua... - aprobó, sin moverse, José María.
Un relámpago iluminó vivamente y, en seguida, estalló el trueno.
El viejo agarró la toalla pendiente del lavatorio y la metió en la palangana. Al torcerla se miró instintivamente al espejo. Se volvió a mirar, pegándose casi al vidrio.
-¡Pucha que había tenido uñas largas, el finao! - exclamó viendo que manaba sangre de dos hondos rasguños en la frente. Y se inclinó sobre Amelia.
Se le ocurrió entonces una idea. Haciendo como que ya la tenía pensada, se incorporó con la toalla en la mano.
-¡A ver, ponganlán en la cama, pues! ¿No ven que hay que ponerla en la cama?
José María, pasándole un brazo por la espalda y el otro por las corvas, alzó a Amelia, que lanzó un quejido.
Un líquido viscoso le mojaba los muslos.
-A ver, traigan p'aquí la palangana -volvió a doctorear el viejo-. La toalla tiene qu'estar siempre bien fresquita. Ahora va a ver cómo se mejora... ¿No ve? ... ¿No ve, amiga?...
Los otros tres, arrimados también al lecho, buscaban en el rostro de la desgraciada señales de mejoría.
La joven empezó a gemir. Y sus manos se abrieron sobre el vientre como si desde la sombra de su desmayo quisiera proteger a su hijo.
-Vayansén ustedes a dar una vuelta, no sea cosa que nos sorprendan - ordenó José María saliendo de su ensimismamiento.
Apurándose por la lluvia, obedecieron. En medio del patio ya, los alcanzó para agregarles:
-Vean cómo están los caballos. Y vos, rengo, lleva ensillado el tuyo.
Parecía que tenía hambre la oscuridad. Luz que caía se la tragaba. Y el trueno que venía atrás rezongaba en vano y rodaba por el cielo, buscándola...
José María volvió a entrar en el cuarto, que se llenaba de ayes.
-¡Así no, viejo, así no! -protestó al ver que de la cara de Amelia chorreaba agua hasta los hombros, empapando la almohada.
-¡Me vas a decir vos a mí!
-¡No, dejelá! ¡No ve que ya le viene la mente!
Era verdad. Con ojos extraviados, con mirada que se quedaba al ladito de ella, no más, Amelia se fijaba en aquellos dos desconocidos. Ya de lo sucedido no se acordaba. Ni el grito de agonía, ni el "Aquí es" condenador, ni el sacudón de la puerta le llamaban a la memoria. Sólo se daba cuenta de que en el cuarto estaban dos seres extraños, entrados quién sabe cómo, y de esto no pasaba porque ya sentía adentro desgajársele el hijo.
Como repelidos por una mano dura, los dos hombres retrocedieron.
La luz floja del candil posado sobre el lavatorio temblaba mirándose en el espejo, y de ahí retrocedía y caía sobre la cama ofreciendo a la madre su escaso calor. Esta, abiertas las piernas, haciendo fuerza, se arrollaba toda, de repente, apretando los ojos acobardada por el dolor, y volvía a abrirse, guapeando y estrujando las sábanas entre sus dedos como garras. Unas veces se alzaba quedando solo sostenida por los codos y los pies. Otras, dejábase caer desfallecida. Pero un nuevo dolor la levantaba en peso.
Pasaba el tiempo. Los relámpagos y los truenos se empujaban unos con otros. Desde el rincón que solo iluminaba, intermitentemente, la luz del cielo, los dos hombres parecían tener pegados los ojos, de tan fijos. En la mente de José María cruzaban viejos recuerdos cortados a cada momento por los quejidos que lo volvían a la realidad.
-¡Guacho! ¡Guacho en la estancia!... -pensaba. - Guacho... y déle lazo por cualquier cosa... - volvía a decirse como  disculpándose con alguien...
Dióse vuelta al oír un susurro. El viejo, con los ojos clavados en el techo, rezaba.

*  *  *

Las ropas de la cama chupaban sangre, ya. Los gemidos y los esfuerzos redoblaban. El sudor se mezclaba con las lágrimas en la cara crispada de la mujer. Una palidez que tenía algo del amarillo de la luna le aparecía por momentos.
En una, como pudo, Amelia empezó a agarrar a su hijo y a ayudarse un poco, así...
Al rato, cortando el rezo, el viejo saltó de su rincón.
-¡Se ha desmayao!
-¡Sí! Mirá...  ¡Mujer!
El viejo, con la voz más dulce que pudo, y acercándose miedoso de tocar el cuerpito todavía entre las piernas de la madre, exclamó:
-Una moza más p'al pago. Señorita, ¿cómo le va? ¿Eh? ¿Qué anda haciendo?
Entre los fragores del cielo empezaron a oírse unos débiles vagidos.
-¡M'hijita! ¡M'hijita! ¡No tenga miedo! -seguía el viejo, con la mano irresoluta cerca de la carita ensangrentada-. ¡No tenga miedo! ¡No ve que nosotros la queremos mucho y somos muy...
Iba a decir "muy buenos". Pero, de golpe, se detuvo. Y como si una mano helada, puesta en su frente, le levantara la cabeza, se incorporó.
-¡Maulota! ¡Maulota! -dijo por decir algo, completamente abstraído.
-Bueno, vamos -se oyó la voz de José María, que había recobrado de nuevo su dominio.
-Pero, ¿y a esta alma'e Dios la dejamos así?
-¡Vamos! -tronó otra vez la voz, ya desde la puerta.
El viejo, agachando la cabeza, lo siguió.
Atravesaron el patio, chapaleando.
-¿No ve que ahora avisamos a algún vecino? - enteró José María con acento casi afectuoso.
-¡Ah! ¡Es claro! Yo también pensaba eso -exclamó el otro, que no había pensado nada -, porque si nadie viniera... vos ves que...
-¡Claro!
Llegados a los ombúes, hallaron a sus compañeros que los esperaban con los caballos de la rienda.
-Vos, rengo, qu'estás mejor montao qu'éstos y no te conocen -dijo José María- cuando lleguemos al bajo'e lo de Banegas te cortás y les decís que si puede venir alguna en seguida, qu'ella está por salir de cuidao esta misma noche. 
Y cerró piernas.
Al llegar al lugar indicado, José María recomendó: 
-Nosotros  seguimos  al  trote. Vos, metele talón, cosa de que el día no nos agarre afuera del monte.

III

Alto ya el triste día sin sol, en lo más profundo del Arazatí mateaban los forajidos. Reían, se hacían pullas pesadas con las cosas que vieron esa noche bromeaban fuerte...
Pero, en el fondo, ninguno estaba contento. Y nadie se acordó de la plata que fueron a buscar a la casa de la parida.

Francisco Espínola
“Raza ciega y otros cuentos”, 1926

1.   ¿Cómo clasificarías el título de este cuento? ¿Por qué?
2.  ¿Cuáles son los sucesos que se narran en este cuento? ¿Qué relación tienen con el título? Resúmelos brevemente.
3.  Entre los bandoleros que entran a robar a la casa, se destaca la figura de José María. Señala los rasgos físicos y morales que lo distinguen. ¿En qué se diferencia de Juan y el rengo?
4.  El narrador sitúa la acción en una noche tormentosa. ¿Qué relación tiene esto con los sucesos narrados? Señala por lo menos dos referencias a la tormenta que aparezcan en el cuento y marca su vinculación con los hechos del relato.
5.  Ubica una personificación y una comparación, y explica la función de cada uno de estos recursos dentro del cuento.
6.  En este cuento, al igual que en “El hombre pálido”, Espínola aborda el tema del hombre frente al bien y al mal. Según tu interpretación, ¿cuál de los dos triunfa? ¿Es positiva la visión del hombre que tiene este autor? Fundamenta tu respuesta.