Juana
de Ibarbourou pertenece a la denominada Generación del ’20 (nacidos entre
1882-1895) cuyo rasgo primero es la de ser la generación posmodernista, es decir,
aquella que comenzó a distanciarse del esteticismo del movimiento modernista ya
agotado y que buscó nuevos caminos en su expresión artística, un acento en el
que lo cósmico, lo metafísico, lo erótico o lo telúrico se expresara a través
de formas más desnudas y estructuras más laxas o más flexibles.
Otros
poetas ubicables dentro de esta generación son: Carlos Sabat Ercasty
(1887-1982), Fernán Silva Valdés (1887-1975) Vicente Basso Maglio (1889-1961),
Enrique Casaravilla Lemos (1889-1968), Pedro Leandro Ipuche (1890-1976), Emilio
Oribe (1893-1975) y el peruano uruguayizado Juan Parra del Riego (1894-1925).
Esta
generación poseyó escasa conciencia grupal pues difícilmente suponen un
embanderamiento promocional las actividades colectivas más típicas del decenio:
el “Centro Ariel” (1919-1930), el grupo “Teseo” (1924-1935), la revista La Cruz del Sur (1924-1931).
Más
bien la enmarcan los impactos de ciertos sucesos exteriores que fueron trastornando
en forma pausada el contexto en que nuestro país estaba inscrito: el fin de la
primera guerra mundial, la revolución rusa, el movimiento de reforma
universitaria de Córdoba.
En
el interior mismo de nuestro país, la promulgación de la Constitución (1917)
que establecía el Ejecutivo colegiado, la muerte y repatriación de los restos
de Rodó, constituyen las grandes causas de cierto consenso básico.
Un
Uruguay con una sociedad en la que se vislumbraban las primeras tensiones violentas
pero todavía controlables de la urbanización y el proceso industrial, con un
mundo rural que, ahí nomás, las bordeaba, también en trance de cambio pero con
las marcas vivas de un pasado de pasiones desmedidas y heroicas proezas.
También,
y gracias a las reformas de Batlle y Ordóñez, la existencia de una clase media
cada vez más fuerte comienza a ser uno de los rasgos característicos de nuestro
país.
Hay
en gran parte de los autores de esta generación (en particular, aquella inclinada
a los temas camperos) el deseo de rescatar del criollismo nuestros temas
autóctonos. En este sentido se habla de un “nativismo” poético. Es una
corriente que quiso proyectar lo nuestro al plano de lo cósmico y lo universal,
bajo el impacto de la revolución de los “ismos” de la primera posguerra (el
ultraísmo influyó, por ejemplo, en el “nativismo”). Una tentativa a la que
también hay que vincular la obra pictórica de Pedro Figari (1861-1938) y la
musical de Eduardo Fabini (1882-1950).
CARACTERÍSTICAS GENERALES
DE LA POESÍA DE
JUANA:
1.
Poesía hipervital (exaltación de la plenitud de la vida y la belleza).
2.
Cultivar las formas heredadas de la literatura española (no manifiesta preocupación
por una ruptura formal).
3.
Sencillez estilística, transparencia en el lenguaje.
4.
Sensorialidad y sensualidad en las imágenes.
TEMAS FUNDAMENTALES EN SU
POESÍA:
•
El amor y la naturaleza.
•
Las ansias de libertad.
•
Angustia por la fugacidad de la vida.
•
La muerte.
•
Sobre la etapa final su poesía muestra una tónica más reflexiva y filosófica
(ejemplo: “Perdida”).
ETAPAS EN SU OBRA POÉTICA: Pueden mencionarse en su evolución dos etapas:
mientras que sus primeras obras están marcadas por una clara y positiva sensualidad,
en sus últimos libros de poemas pierden el tono festivo para adentrarse en temas
universales y circunspectos, como la brevedad de la vida, la soledad o la
muerte. Entre estos se encuentran “Estampas de la Biblia” (1935) y “Perdida” (1950),
en los que muestra una sólida madurez y un carácter reflexivo. En “Azor” (1953),
“Oro y tormenta” (1956) y “La pasajera” (1967), la obra se hace más apesadumbrada
todavía y en ella se percibe la actitud de su autora a la hora de enfrentarse a
la vejez y a la enfermedad.
